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jueves, 8 de junio de 2000

"Mi Borgward Isabella: Un Viaje por la Frontera del Arte, la Ingeniería y el Alma"

Algunos objetos nos marcan de por vida, no solo por su función, sino por las historias que encierran, los momentos que presencian y las personas a las que nos vinculan. Para mí, uno de esos objetos es mi Borgward Isabella de 1961. Este auto no fue solo mi primer vehículo; fue un regalo inolvidable de mi padre, el Ingeniero Mario Bruno Natalini.



Mi padre, un hombre extraordinario, dedicó su vida a la ciencia y la educación. Fue tres veces decano de la Facultad de Ingeniería de la UNNE, un apasionado profesor, Ingeniero Civil, Agrimensor e investigador del CONICET. Su mente brillante y su rigor académico eran incuestionables. Sin embargo, más allá de los números y las estructuras, papá poseía un ojo singular para la belleza y el diseño. Fue precisamente esa apreciación por la estética lo que lo llevó a elegir este Borgward Isabella para mí. Recuerdo que me cautivó su elegante diseño, sus líneas atemporales que, aún hoy, considero una verdadera obra de arte sobre ruedas. Y sí, era un auto argentino, ensamblado por Dinborg, lo que le añadía un toque especial, un orgullo local.

Lo disfruté muchísimo durante muchos años, cada kilómetro fue un placer. Este coche fue testigo de incontables momentos de mi vida, pero hay uno que resuena con una fuerza particular y que vincula directamente al Borgward con mi camino como artista.


Fue en 1992 cuando emprendimos un viaje crucial en ese Borgward Isabella. Con mi mujer, manejamos hasta Asunción, la capital de Paraguay, para la inauguración de mi muestra individual: "Informe de la Frontera". Recuerdo la emoción de la exposición en el Centro Cultural de la Ciudad, en Haedo 347, a partir del jueves 7 de mayo. La presencia de la prensa paraguaya fue notable y significó un hito en mi carrera. El auto, el regalo de mi padre, fue mi compañero de aventura, un testigo silencioso de cómo mi arte cruzaba fronteras físicas.

Lo interesante es que esa misma serie de obras, "Informe de la Frontera", con cuadros similares, tendría una segunda presentación un año después, en 1993, en otra capital de país: Buenos Aires, la capital de Argentina. Para esta ocasión, tuve el inmenso honor de que el prólogo lo escribiera el gran maestro Luis Felipe Noé, de quien tuve el privilegio de ser alumno.


Noé, quien nos dejó recientemente a los 91 años, capturó la esencia de mi trabajo de una manera inigualable. Él escribió: "Mario Natalini ha bautizado esta serie de sus obras... con el nombre de 'Informe de la Frontera'. La palabra 'Informe' nos indica claramente el carácter lingüístico que tiene su pintura. La frontera es el tema y ella está dentro y fuera de él. Él es un hombre de la frontera entre el Chaco argentino y el Paraguay. Pero él está a su vez colocado entre la frontera de la razón y la explosión irracional; entre la palabra y todo aquello que la palabra no puede decir, desafiando lo indecible. Basta hablar con él para sentir que está más cómodo en otro lenguaje, donde es capaz de gritar, así como silencioso y pausado es en la palabra. Pero su grito pictórico es mudo, como mudo son los gestos de quien no pudiendo hablar, toca. Y así sus paisajes de adentro y de afuera están marcados por la huella de la mano. Los rostros de los otros, son los rostros de su angustia, con los otros, que suelen también estar marcados por la huella de las manos. Por todos lados deja su huella que responde a la que el mundo deja en él."

Ese texto de Noé no solo valida mi obra, sino que también resuena con la historia de ese auto y ese viaje. Mi Borgward, el regalo de un ingeniero que apreciaba la belleza, me llevó físicamente a la "frontera" que yo exploraba en mis telas, uniendo la precisión de la ingeniería con la libertad del arte.

Aunque el Borgward Isabella fue vendido hace mucho tiempo, y mi padre, Mario Bruno Natalini, y mi maestro, Luis Felipe Noé, ya no estén físicamente con nosotros, su legado y los recuerdos asociados a ese coche y a esa época de mi vida perduran. El Borgward es, para mí, un símbolo tangible de ese cruce de fronteras: las geográficas, las artísticas y las que unen el amor familiar con la pasión por el diseño y la creación. Es la huella de una etapa, un motor de sueños y un recordatorio constante de que la belleza y la inspiración pueden encontrarse en los lugares más inesperados.


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